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Durante las últimas semanas he estado inmersa en la lectura
de un libro maravilloso, se trata de uno de los manuales de escritura de Silvia
Adela Kohan. Es curioso cómo esta mujer consigue enganchar al lector —como si estuviésemos
ante una novela—, hacerlo reflexionar acerca del complejo mundo de la escritura
y sacar lo mejor del escritor que llevamos dentro.
Me encontraba sumergida entre sus páginas cuando el campo semántico personal irrumpió en
mi campo de visión. Sí, desde entonces no he dejado de pensar en ello y es que
por ahí comienza un escritor a forjar su estilo, esa marca que lo hará
reconocible a los ojos de sus lectores.
Evanescente. Pluma. Crisol. Niebla. Añil. Glauco. Etéreo. Cadencia. Blanco. Albo. Niebla. Vampiro. Alquimia. Luna. Viento. Lobo. Lágrima. Ánima. Sueño. Bruma. Griego. Mundo. Creador. Psicopompo.
Estas son algunas de las palabras que componen mi
campo. Es curioso, después de hacer el ejercicio y reunir unas cuantas palabras
me he puesto a examinar mis escritos y… ¡sorpresa! Ahí están.
¿Cuál es mi criterio? En algunos casos mi elección
responde a la bella estética de la palabra en sí, otras evocan sensaciones o
recuerdos y por último están aquellas cuyo significado me agrada.
Os animo a probarlo, es increíble lo mucho que ayuda a conocerse a uno mismo como creador de mundos.
Por supuesto también sería recomendable analizar nuestra forma de ordenar los elementos en una oración o la forma de puntuar... pero eso ya es otra historia ;)
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